jueves, 24 de enero de 2013

La soledad

La soledad es un concepto que comprendo a cabalidad, sin duda, todos mis días en mi casa ubicada en la parte alta de una colina dan fe del significado de la misma. Desde hace quince meses vivo sola, mis compañeros en las noches son aquellas luciérnagas que se hacen presentes con sus sonidos y la vibración de sus alas que escucho con exactitud.

En las mañanas, un gallo a quien llamo Federico, se abalanza por el frente de mi jardín y en la banca que uso para observar los atardeceres me comunica que un nuevo día comienza. Me levanto suavemente de la cama y me dirijo a la cocina a preparar el alimento más importante de la jornada, un acto que siempre realizo.

El silencio me asombra, aunque les confieso que al principio me aterraba. Una noche con una vela encendida, recordaba algunos momentos con mis amigos. Sonreía al ver algunas fotografías que llevé conmigo para vivir esta experiencia. Era mi tercera noche en el lugar, pero yo creía que era una eternidad, no escuchaba absolutamente nada y traté de conciliar el sueño después de que la única iluminación que tenía alrededor agotaba su fuerza.
 
Minutos más tarde me levanté con terror, al principio pensé que era una pesadilla por el panorama en el que me encontraba, medio dormida caminé por la casa. Cada zumbido, aullido o simplemente un ruido lo camuflaba con un gruñido que hacia con la boca, en señal de querer hacerme presente y por supuesto alertar a los inquilinos.
 
Era una lucha ilogica con la naturaleza, pero en ese estado yo no lo entendía. Pasaron los minutos y finalmente empecé a despertarme, en el firmamento el sol me entregaba los primeros rayos del día, escuchaba unos pasos. Logré esconderme, pero el sonido continuaba, aumentaba. Me estaba desesperando, de inmediato recé para concentrarme en la compañía que nunca me abandona.
 
La misma situación se presentó durante los siguientes días, pensé en que no tendría calma para soportarlo y mi intención de dejar la ruidosa ciudad terminaria. Con la tranquilidad agontandose, finalmente llegó la calma después del descubrimiento que me hizo llorar de la risa.
 
Aquellos pasos que aumentaban, y todo el terror que me sembraban en la madrugrada, eran tan solo un grupo de animales que vivían cerca. No lo hubiera notado si uno de ellos no se hiciera presente,  rosando su pelaje con mis piernas, en una jornada donde había decidido dejarlo todo para salir corriendo, apenas el sol apareciera de nuevo en el firmamento. 

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