- Cómo está el doctor, gusta un sorbito
Le decía Aldemar al verlo transitar en cercanía a la fachada de su bodega. El tendero aparte de vendedor de confianza, era testigo de todas las batallas que fueron contadas en la mesa de centro de un recinto situado en San Felipe, un barrio ubicado en el centro de la ciudad.
La historia se repetía siempre. A eso de las cinco de la tarde llegaban el grupito de los cuatro fantásticos a celebrar, relatar anécdotas a veces gritaban con emoción sus triunfos profesionales, pero en pocas oportunidades las lagrimas tristes eran recibidas en el recinto de Aldemar.
Un día, Aldemar muy extrañado observó una situación fuera de lo común. Pensó detenidamente si debía limpiar sus gafas con un pañuelo, o si los años serían los responsables de sus alucinaciones. Bebió un sorbo de jugo de frambuesa, y se acercó para comprobar si lo visto era algo real.
- Juan Roberto y usted solito? preguntó
- Si, cómo le parece, respondió el cliente frecuente
- Y los muchachos en dónde los ha dejado? consultó con gran curiosidad Aldemar
- Ellos están bien, tranquilo, hoy quiero que me sirva algo diferente. Sírvame un vinito.
Extrañado, el tendero atendió la solicitud de Juan Roberto. De inmediato buscó por todas las repisas el mejor vino de la bodega y se lo sirvió.
- Siéntese conmigo le dijo Juan Roberto
- Por supuesto, contestó el tendero
- Quiero confesarle que demoré algunos minutos tomar esta determinación, en realidad siento que he vivido grandes cosas en este lugar, pero es el momento indicado para decir adiós. Lo entiendo bastante bien, incluso lo consulté con mis amigos, pero de verdad, creo que debo estar en otro lugar, y es algo que duele me entiende? afirmó Juan
- Claro que si, pero porqué no se queda, no tiene nada de malo este sitio, usted viene, toma, se rie, comparte con sus amigos, lo entiendo pero no lo comparto señor. respondió Aldemar
- Cosas del destino, exclamó
Se levantó de la mesa, salió de la bodega y le dijo a su fiel vendedor.
- Dígales que estaré bien.
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